Diciembre se me ha echado encima para enseñarme lo rápido que pasa el tiempo y no me había dado cuenta hasta ahora. No hablo sólo del trimestre que ya ha volado. Tercero de carrera. Veinte años. Mucha gente, muchas palabras y poco tiempo, y por si esto fuera poco caótico demasiadas fórmulas. Cosas que hacer que se acumulan, cosas que decir que no se dicen porque se dejó pasar el momento pero que siguen ahí y cosas nuevas que llegan y caen sobre las otras.
Todas las ideas que pasan por mi cabeza últimamente pueden resumirse en una frase que he usado no precisamente poco estos días: "Qué jóvenes éramos". Más o menos felices pero sin duda menos preocupados, más inocentes y sobre todo más jóvenes.
No pretendo que os veáis arrugas la próxima vez que os miréis al espejo. No es necesario. A mí me vale con mirar a mi alrededor para ver que cada vez son más las cosas que se quedan a medias y cada vez menor el tiempo que tengo para dedicarme a ellas.
Prometo una actualización más ordenada sobre algo concreto pero tengo demasiadas empezadas que todavía no dicen nada y mi cabeza últimamente sólo mira con nostalgia hacia atrás deseando que le dé tiempo de secarse antes de que vuelva a llover.



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